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La catedral de Notre Dame. ¿Un símbolo para mitigar el impacto fiscal francés?

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Por: Sergio Solís Tepexpa*

El pasado 15 de abril Francia vivió uno de los episodios más dramáticos en su historia contemporánea al ver como uno de sus principales símbolos era consumido por las llamas. La llamada tragedia, se convirtió en nostalgia mundial gracias a las redes sociales que prácticamente en tiempo real, narraban el incendio que consumió el techo en restauración de la Catedral de Notre Dame, en la ciudad de París. Los usuarios de las redes sociales se trasladaron, de manera virtual, a las puertas de la catedral asumiendo como suya la pena de perder un símbolo del arte gótico, y del mundo occidental como tal. Sin embargo, a mi parecer, el tamaño de la pérdida se sobredimensionó, ya que en el siglo XVIII durante la revolución francesa fue prácticamente desmantelada, se usaron las campanas para fabricar cañones y el edificio usado como granero, lo cual llevó a la famosa restauración a cargo de Eugène Viollet-Le-Duc en el siglo XIX que le dio la imagen actual a la catedral.  En términos noticiosos, en nuestro país, el incendio del techo de la catedral logró tomar los primeros planos, al grado de desplazar a cualquier tema incluyendo aquellos relacionados con la inseguridad o la entrada con violencia de cientos de migrantes centroamericanos en la frontera sur y la condición de crisis humanitaria que se generó con ello, al grado que fue tema en la conferencia matutina del presidente mexicano, y de mensajes en Twitter por parte del Canciller Ebrard.

Una vez contenido el incendio y dadas las expresiones de varios gobiernos a nivel mundial de colaborar en la reconstrucción, se viven días llenos de críticas hacia la exagerada atención que se le presta. Por un lado, existen argumentos en contra de utilizar recursos públicos para la reconstrucción debido la crisis y desempleo que se viven en los llamados cinturones de pobreza de varias ciudades francesas como París o Marsella. Por ejemplo, al menos 3,000 personas duermen en las calles de París, según datos de un censo de 2018, llevado a cabo por la alcaldía de la ciudad; otro dato importante es que, en 2017, según el Instituto Nacional de Estadísticas y de Estudios Económicos (INSEE), casi nueve millones de personas vivían bajo el umbral de la pobreza en Francia, con una renta mensual que está cerca de los 540 euros en promedio, en un país donde el umbral de pobreza está en los 1, 015 euros al mes. Estos datos llevan a pensar que el Estado no debería absorber el costo de 600 millones de euros (unos 12,780 millones de pesos), sin embargo, existe una premura para que en el 2021 se concluyan los trabajos de reconstrucción, ya que se llevarán a cabo los Juegos Olímpicos en la ciudad de París, donde además de las competencias deportivas, se busca generar ingresos importantes por la venta turística de la ciudad sede, donde la catedral incendiada juega un papel clave.

Por otro lado, otra forma de financiar la reconstrucción de Notre Dame involucra la participación del sector privado o bien buscar relaciones de coinversión. En este sentido, el gobierno del presidente Emmanuel Macron optó por convocar a una campaña de donaciones para poder formar una bolsa dedicada exclusivamente a la reconstrucción y restauración del emblemático lugar. Sin embargo, esto ocasionó grandes criticas al gobierno y a los donantes, ya que dichas donaciones serán acreditadas al pago de impuestos. Cabe mencionar que el gobierno de Macron ha sido tachado como un gobierno con apego o alineación a los intereses de los llamados magnates, lo cual ha dado origen a las sonadas protestas de los chalecos amarillos en diversas ciudades francesas.

Ahora bien, ¿por qué la convocatoria a las donaciones para la reconstrucción de Notre Dame ha sido tan exitosa? ¿es por el amor al arte o por el beneficio fiscal que conlleva una donación a este fin? Una manera de contestar estas preguntas es contextualizar política fiscal francesa, la cual se caracteriza por ser una de las más altas en Europa, sin contar a los países nórdicos. En la historia económica contemporánea de Francia, las tasas fiscales altas y en especial el impuesto a las grandes fortunas (ISF) data del periodo como presidente de François Mitterrand en los años ochenta y el cual tuvo efecto hasta 2018 cuando Macron lo suspendió. Esta idea fue retomada en la campaña presidencial de 2012 de François Holland y ya como presidente instauró un impuesto llamado “contribución excepcional de solidaridad”, mismo que, que aplicaba a la porción de la remuneración pagada por las empresas a sus empleados que superaban el millón de euros de ingresos y sólo tuvo efecto por dos años (2013 y 2014). En cuanto a tasas fiscales, actualmente Francia la estableció en 45% para los ingresos altos, y los contribuyentes “afectados” siguen pugnando por una baja por considerarla muy alta. Cabe mencionar que esta idea de incrementar las tasas fiscales a los grandes contribuyentes siempre ha sido una bandera de las fuerzas políticas de izquierda como un recurso para la redistribución de la riqueza. Y es en este sentido que la población francesa y algunas organizaciones sociales que combaten la pobreza se han manifestado en contra de que las donaciones de privados y grandes empresas se puedan acreditar como una deducción en la carga tributaria, pues impactaría directamente en los ingresos fiscales de 2019, y claramente beneficiando a las personas con mayor poder adquisitivo en Francia. Algunos de los donadores hasta ahora son: Bernat Arnault (LVMH) 200 millones; François-Henri Pinault (Kering) 100 millones; Familia Bettencourt (L’Oréal) 100 millones; TOTAL 100 millones; BNP Paribas 20 millones; JC Decaux 20 millones; Société Générale 10 millones; Finalac 10 millones; Bouygues 10 millones; Crédit Agricole 5 millones; y Capgemini un millón, todos en euros. Adicionalmente, se encuentra el costo ambiental que tendrá la reconstrucción de los techos de la catedral, pues si la intención es utilizar los materiales originales se podrían emplear más de 20 mil hectáreas de árboles de roble, y ante las críticas, Bertrand de Feydeau, el vicepresidente de la conservación del patrimonio francés afirmó que en Francia no existe la cantidad suficiente de robles para reconstruir el techo de la catedral, y si los hubiese, el daño ecológico que la tala provocaría no podría ser resarcido ni en diez años.

Finalmente, dado todo este contexto, y las repercusiones que puede tener social y ambientalmente, me surgen las siguientes preguntas: ¿qué tan válido es hacer sacrificios por la reconstrucción de este monumento histórico? ¿Macron esta utilizando a la catedral para instaurar una nueva política fiscal?

* Profesor Investigador del Departamento de Producción Económica. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco. ssolis@correo.xoc.uam.mx

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